¿Por qué pensar demasiado no nos ayuda a resolver las cosas?


¿Por qué pensar demasiado no nos ayuda a resolver las cosas?

Pensar puede ayudarnos a encontrar soluciones. Pero cuando damos vueltas una y otra vez sobre la misma preocupación, nuestra mente puede terminar atrapada en un círculo que genera más angustia que respuestas.

Hay algo particular en la manera como funciona nuestra mente cuando estamos preocupados: podemos pasar horas pensando en una misma situación, como si dedicarle tres horas más fuera a permitirnos encontrar finalmente la solución.

Pensamos en lo que ocurrió, en lo que pudo haber sido diferente y en todas las posibilidades que imaginamos para el futuro.

Y seguimos pensando.

A lo largo de nuestra vida hemos aprendido que reflexionar es importante. Incluso desde pequeños escuchábamos expresiones como: «Vete a pensar sobre lo que hiciste».

Y, por supuesto, reflexionar sobre nuestras acciones puede ayudarnos a aprender y tomar mejores decisiones.

Pero reflexionar no es lo mismo que sobrepensar.

Hay un momento en el que dejamos de analizar una situación para encontrar alternativas y comenzamos a darle vueltas a los mismos pensamientos, sin avanzar hacia ninguna solución.


Cuando pensar se convierte en un círculo vicioso

Una de las manifestaciones frecuentes de la ansiedad es la tendencia a anticiparnos constantemente a situaciones que todavía no están ocurriendo.

¿Qué pasaría si esto sale mal?, ¿Y si no soy capaz?, ¿Y si hubiera tomado otra decisión?, ¿Y si las cosas no resultan como espero?... ¿Y si?.

Nuestra mente comienza a construir escenarios, muchas veces negativos, intentando prepararnos para cada posibilidad.

El problema es que podemos terminar dedicando una enorme cantidad de tiempo y energía a situaciones que todavía no existen.

A este fenómeno lo relacionamos con procesos como la preocupación repetitiva y la rumiación del pensamiento.

Aunque tienen algunas diferencias, ambos pueden llevarnos a quedar atrapados en pensamientos recurrentes que generan malestar. La rumiación suele centrarse en situaciones que ya ocurrieron, mientras que la preocupación anticipatoria se orienta con mayor frecuencia hacia lo que podría suceder.

Y aquí hay algo importante: no todos esos pensamientos son irracionales.

Podemos estar preocupados por situaciones reales, por dificultades económicas, laborales, familiares o de salud.

El problema no necesariamente es aquello que estamos pensando, sino la manera como nos relacionamos con ese pensamiento.

Pensar repetidamente en un problema no significa que estemos haciendo algo para resolverlo.

En ocasiones, lo único que conseguimos es aumentar la angustia, alterar nuestro descanso y agotar nuestros recursos emocionales.


¿Por qué es tan difícil dejar de pensar?

Seguramente alguna vez has escuchado, o incluso le has dicho a alguien: «Pero no pienses más en eso».

Como si fuera tan sencillo.

Cuando estamos atrapados en un ciclo de pensamientos repetitivos, no siempre podemos interrumpirlo únicamente porque decidimos hacerlo.

Estos procesos involucran mecanismos cognitivos y circuitos cerebrales relacionados con la atención, las emociones y la respuesta ante la incertidumbre.

Además, muchas veces sentimos que seguir pensando nos permite mantener cierto control sobre lo que está ocurriendo, como si anticipar todos los escenarios posibles pudiera evitar que algo salga mal.

Pero no podemos controlar todas las situaciones de nuestra vida, por mucho que pensemos en ellas.

La buena noticia es que sí podemos aprender estrategias para modificar nuestra relación con los pensamientos.

La psicoterapia, particularmente mediante herramientas cognitivo-conductuales, puede ayudarnos a identificar estos patrones y desarrollar respuestas más adaptativas.


¿Cómo empezar a salir del sobrepensamiento?

Imaginemos a una persona que lleva varios años trabajando en una empresa y, de repente, se enfrenta a una reorganización laboral.

Ahora debe buscar nuevas oportunidades, adaptarse a condiciones diferentes y asumir decisiones que generan incertidumbre.

Comienza a preguntarse:

¿Y si no consigo otro trabajo?, ¿Y si mis ingresos disminuyen?, ¿Y si no logro adaptarme?, ¿Y si todo sale mal?.

Son preocupaciones comprensibles. La situación es real y puede tener consecuencias importantes.

Pero pasar tres horas cada noche imaginando todos los escenarios negativos no necesariamente va a cambiar lo que está ocurriendo.

Entonces, ¿qué podemos hacer?

Una estrategia es detenernos a examinar nuestros pensamientos mediante algunas preguntas:

1. ¿Qué desencadenó este pensamiento?: Identificar qué situación, noticia, conversación o experiencia puso en marcha la preocupación.

2. ¿Lo que estoy pensando tiene fundamento?: No se trata de convencernos de que todo está bien. A veces nuestras preocupaciones son razonables. Se trata de diferenciar los hechos de las interpretaciones y las posibilidades que estamos imaginando.

3. ¿Eso que estoy anticipando está ocurriendo en este momento?: Una cosa es reconocer que existe la posibilidad de perder el empleo y otra muy diferente es vivir emocionalmente como si ya hubiera ocurrido.

4. ¿Qué aspectos de esta situación puedo controlar?: Tal vez no podamos modificar las decisiones de una empresa, las condiciones económicas o la respuesta de otras personas. Pero sí podemos actualizar nuestra hoja de vida, explorar oportunidades, organizar nuestras finanzas o pedir orientación.

5. ¿De qué otra manera puedo abordar lo que estoy viviendo?: En lugar de continuar anticipando escenarios, podemos preguntarnos qué acción concreta está a nuestro alcance.

Y cuando no hay ninguna acción posible en ese momento, aprender a reconocerlo también es parte del proceso.


No se trata de dejar de pensar, sino de aprender a relacionarnos con nuestros pensamientos

A veces creemos que manejar la ansiedad significa dejar de preocuparnos o conseguir que nuestra mente permanezca completamente tranquila.

Pero no funciona así.

Hay situaciones que nos van a preocupar. Decisiones que nos van a generar miedo. Cambios que van a producir angustia.

Y eso no significa necesariamente que estemos haciendo algo mal.

El objetivo no es eliminar todos esos pensamientos, sino reconocer cuándo nos están ayudando a encontrar soluciones y cuándo nos están manteniendo atrapados en un círculo de malestar.

También implica aceptar que hay cosas que no podemos controlar.

Y cuando hablo de aceptar, no me refiero a resignarnos o dejar de actuar. Me refiero a reconocer los límites de nuestra capacidad de intervención y dirigir nuestros esfuerzos hacia aquello sobre lo que sí podemos hacer algo.

Porque intentar controlar mentalmente lo que no podemos controlar en la realidad puede convertirse en una fuente permanente de agotamiento.

Si los pensamientos repetitivos están afectando tu sueño, tu concentración, tus relaciones o tu funcionamiento cotidiano, es importante considerar una valoración profesional.

No siempre necesitamos pensar más. A veces necesitamos aprender a pensar de otra manera y reconocer cuándo es momento de actuar y cuándo es momento de soltar.


Entender antes de temer.


Dra. Carolina Ayola
Psiquiatra clínica y psicoterapeuta


Este contenido tiene fines educativos e informativos y no sustituye una valoración médica individual.