¿Por qué seguimos en alerta? La salud mental después de un terremoto


¿Por qué seguimos en alerta? La salud mental después de un terremoto

Dos meses después del terremoto, muchas personas todavía experimentan miedo, hipervigilancia o dificultades para dormir. ¿Por qué ocurre esto y qué podemos hacer?

Han pasado dos meses desde el terremoto que vivimos en Colombia y, particularmente, en Cali, la ciudad donde vivo. Dos meses desde un acontecimiento que tuvo un impacto importante no solo sobre la infraestructura y la cotidianidad, sino también sobre la salud mental.

Cuando hablamos de desastres naturales, existen modelos que describen las diferentes fases psicosociales por las que puede atravesar una comunidad: el impacto inicial, las respuestas de solidaridad y ayuda, la desilusión y los procesos de reconstrucción, entre otras. Sin embargo, estas fases no ocurren necesariamente de manera lineal ni tienen la misma duración para todas las personas.

Y creo que lo que hemos vivido en Cali tiene algunas particularidades que vale la pena analizar.


Cuando el acontecimiento termina, pero la alerta continúa

Cali ha atravesado diferentes acontecimientos de gran impacto colectivo. La pandemia por COVID-19, que comenzó en 2020; el estallido social de 2021, que tuvo consecuencias importantes para nuestra ciudad; y ahora, en 2026, un terremoto.

De hecho, entre conversaciones y bromas, muchas personas dicen que aquellos que vivimos en Cali ya hemos gastado cinco de las siete vidas que tenemos.

Pero detrás de ese comentario hay algo que merece nuestra atención: hemos estado expuestos a diferentes situaciones que pueden afectar nuestra percepción de seguridad. En el caso del terremoto, además, no se trató únicamente de un acontecimiento que ocurrió y terminó.

Aunque sabíamos que vivíamos en una región con actividad sísmica, probablemente muchos no estábamos suficientemente preparados. No teníamos un kit de emergencia, una maleta lista o un plan familiar claramente establecido. 

Y después del impacto inicial llegaron nuevos movimientos sísmicos.

Durante estas semanas, la actividad sísmica en diferentes regiones del país ha contribuido a mantener la sensación de incertidumbre. Para algunas personas, cada movimiento, cada ruido inesperado o cada noticia sobre un nuevo temblor puede convertirse en una señal de amenaza.

Es entonces cuando aparecen o persisten manifestaciones como la hipervigilancia, el sobresalto, las pesadillas, el insomnio, la angustia o el miedo a morir.

Estas respuestas pueden formar parte de la reacción psicológica ante una experiencia potencialmente traumática.

Pero aquí quiero hacer una aclaración importante: no cumplir criterios diagnósticos para un trastorno de estrés postraumático no significa que una persona no esté experimentando sufrimiento psicológico relacionado con lo ocurrido.

El trastorno por estrés agudo tiene criterios y límites temporales específicos. El trastorno de estrés postraumático también requiere una evaluación clínica que va mucho más allá del tiempo transcurrido desde el acontecimiento.

No toda reacción persistente constituye un trastorno mental. Sin embargo, eso no significa que debamos ignorarla, minimizarla o esperar indefinidamente a que desaparezca.


¿Por qué una noticia puede hacernos sentir nuevamente en peligro?

A esta experiencia se suma un fenómeno propio de nuestra época: la velocidad con la que recibimos información.

Recientemente, un nuevo terremoto sacudió Panamá. Y aunque ocurrió en otro territorio, las noticias, las imágenes y los videos circularon rápidamente por redes sociales y medios de comunicación.

Para quienes hemos vivido recientemente una experiencia semejante, observar esas imágenes puede reactivar sensaciones que parecían estar disminuyendo.

Para entenderlo, vale la pena hablar brevemente de neurobiología. La amígdala es una estructura cerebral que participa, junto con otras regiones del cerebro, en el procesamiento de las amenazas, el aprendizaje del miedo y las respuestas de alerta.

Cuando atravesamos una experiencia amenazante, nuestro sistema nervioso puede volverse más sensible a estímulos asociados con ella. Por eso, un ruido fuerte, una vibración o incluso un video pueden provocar una respuesta física y emocional intensa, aunque en ese momento no estemos viviendo un terremoto.

No significa que estemos perdiendo el control ni que necesariamente tengamos un trastorno mental. Significa que nuestro cerebro ha aprendido a reconocer determinadas señales como potencialmente peligrosas.

Y aquí aparece algo que me preocupa especialmente: nuestra dieta visual.

Así como prestamos atención a lo que comemos, también deberíamos preguntarnos qué tipo de imágenes estamos consumiendo y cómo están afectando nuestra salud mental.

Ver repetidamente videos de edificios que se mueven, personas que gritan o escenas de destrucción puede contribuir a mantener activadas las respuestas de alerta, especialmente cuando todavía estamos intentando recuperar nuestra sensación de seguridad.

Estar informados es importante. Exponernos continuamente a imágenes perturbadoras no necesariamente nos hace estar mejor preparados.


Necesitamos un kit de emergencia físico, pero también emocional

Hay algo que debemos reconocer: vivimos en una región con actividad sísmica y no podemos predecir con exactitud cuándo ocurrirá un terremoto.Por eso, una parte de nuestra respuesta debe dirigirse a la preparación.

Tener un kit de emergencia, conocer las rutas de evacuación, identificar puntos de encuentro y establecer contactos familiares son medidas que pueden ayudarnos a responder mejor ante una eventual emergencia.

Pero también considero importante que construyamos un kit de emergencia emocional.

Y no me refiero únicamente a qué hacer durante un desastre, sino a qué podemos hacer cuando aparece nuevamente esa sensación de hiperalertamiento.

Lo primero es reconocernos como seres humanos que sentimos, que tenemos miedo y que podemos experimentar malestar después de un acontecimiento amenazante.

No necesitamos juzgarnos por sentirlo.

Lo segundo es aprender estrategias que nos permitan regresar al momento presente. Una de ellas es el grounding, o técnica de anclaje, que busca dirigir nuestra atención hacia los estímulos del entorno inmediato. Por ejemplo, el ejercicio 5-4-3-2-1 es una de las herramientas de grounding, que comparto en mi Guía práctica de ansiedad.

Estas estrategias no eliminan la posibilidad de que ocurra otro terremoto, ni sustituyen la preparación o las medidas de seguridad. Su propósito es ayudarnos a reconocer cuándo estamos respondiendo a una amenaza presente y cuándo nuestra mente está anticipando algo que no está ocurriendo en ese instante. Y esto puede ser particularmente difícil.

Como seres humanos, buscamos anticiparnos a lo que sucede y mantener cierto control sobre nuestro entorno. Pero hay situaciones que no podemos controlar, por mucho que lo intentemos.

Aprender a convivir con esa incertidumbre también forma parte del cuidado de nuestra salud mental.

Si el malestar persiste, afecta el sueño, interfiere con nuestras actividades cotidianas o limita nuestra capacidad para funcionar, es importante buscar una valoración profesional.

Dos meses después del terremoto, seguimos aprendiendo a recuperar nuestra sensación de seguridad. Y aunque no podemos controlar cuándo volverá a temblar, sí podemos trabajar en cómo nos preparamos, cómo respondemos emocionalmente y cómo cuidamos nuestra salud mental frente a la incertidumbre.

Quizás una de las lecciones más importantes que nos deja esta experiencia sea reconocer que la reconstrucción no ocurre solamente en los edificios, las calles o las instituciones.

También hay una reconstrucción emocional que merece tiempo, escucha y atención.


Entender antes de temer.


Dra. Carolina Ayola
Psiquiatra clínica y psicoterapeuta

Este contenido tiene fines educativos e informativos y no sustituye una valoración médica individual.